|
El
Valencia ya sabe lo que es sufrir en el
recinto colchonero, pero también
sabe cómo meter al rival sobre las
cuerdas. Lo hizo en la Liga, hace unos días.
Un primer tiempo de pavor y un segundo con
el enemigo pidiendo la hora.
Ahora,
con la lección aprendida, los de
Koeman están en disposición
de seguir el camino brillante de la Copa,
porque en la Liga todo son toboganes, pero
con más bajadas que subidas.
El
gol de la rabia. Un zapatazo tremendo de
David Silva deshizo la maraña en
que se estaba convirtiendo el partido. Mestalla
bramó y los futbolistas formaron
una piña, en la línea de fondo,
unos sobre otros, abrazados, celebrando
el tanto.
Para
entonces, recién cumplida la media
hora, el Valencia ya jugaba con uno más
por la expulsión de Motta, que tiene
que "agradecerle" a su compañero
Valera la segunda tarjeta que le mostró
Clos Gómez, porque aquel hizo un
pase horizontal perfecto para Villa, al
que el ítalo-brasileño se
vio forzado a derribar.
El
partido llevaba camino de convertirse en
un laberinto de despropósitos. De
inicio hubo muy poco fútbol y repetidas
interrupciones por faltas que en unos casos
lo eran y en otros lo parecían o
no, pero el público clamaba contra
el árbitro aragonés que iba
a sentenciar el partido al dejar a los colchoneros
con uno menos.
El
Valencia llevaba la iniciativa. El Atlético
había comenzado timorato, sin llegadas
claras, pero a medida que transcurrieron
los minutos fue entonándose y sacó
mejor partido de la situación.
Esta
vez Ronald Koeman puso a casi todos sus
jugadores en el sitio justo. Donde toca.
La defensa, que nunca ofrece virtuosismos,
cumplía, y como en el medio campo
y en las bandas hubo superioridad, se vio
mejor orden.
Pero
conviene puntualizar que el Atlético
no estaba siendo nada del otro mundo. Javier
Aguirre se dejó en el banquillo a
destacados jugadores como Forlán,
Reyes o Fabiano, y delante el único
que ofreció fútbol y claridad
de ideas fue el de siempre, el Kun Agüero,
que debía desesperarse por la serie
de calamitosos pases que le enviaban.
Si
con once el Atlético se había
mostrado mediocre, con uno menos, lógica
y descaradamente, jugó a defender.
Esa era la premisa y, con lanzamientos largos,
a buscar al Kun para tratar de ganar la
espalda a los defensas y sorprender.
Miguel vuelve a jugar
El segundo periodo no iba a ofrecer más
cambios que los que los que significaron
las sustituciones que hicieron uno y otro
entrenador. En el Valencia, Koeman dio acceso
a Miguel en el puesto de Caneira -reapareció
tras varias semanas inactivo por lesión-
y poco después, cuando Rubén
Baraja se rompió, al holandés
Hedwiges Maduro.
Los
colchoneros también hicieron un par
de cambios en los primeros compases. Como
el Kun estaba agotado, entró Forlán
para buscar el gol, y luego Reyes ocupó
el puesto del ex valencianista Mista, despedido
con aplausos por quienes recordaban su pasado
blanquinegro.
Pero
nada, los cambios no significaron nada determinante.
Más de lo mismo. Un monólogo
del Valencia, que aprovechaba su superioridad
numérica para, por la derecha y por
la izquierda, buscar la forma de aumentar
la cuenta. Pero a veces la ideas no fluyen
como uno quiere y el equipo se atropellaba.
El
Atlético cada vez era más
conservador. Los jugadores miraban una y
otra vez hacia el marcador electrónico
deseando que pasaran los minutos. El 1-0
con uno menos no lo veían mal. Pensaban
en la remontada, en la vuelta, la semana
próxima en el Manzanares. La ventaja
era mínima y dejaba la eliminatoria
pendiente del segundo partido. El Valencia
dejó pasar el tren de la sentencia.
|